Con poco más de tres mil habitantes, Pegalajar continúa teniendo su principal base económica en el olivar, que se extiende por las laderas y valles de esta población de Sierra Mágina, especialmente en el monte de Bercho, donde la mecanización es difícil y las labores agrícolas se realizan de forma tradicional. El producto es un aceite singular, heredero de una cultura milenaria, que ha sabido tratar con mimo y esmero a su aceite de oliva virgen que, junto con las altas cualidades organolépticas y beneficios saludables que reporta, tiene en sus siglos de historia su mejor aval.
El lugar de Pegalajar ha estado habitado desde tiempos remotos, como lo demuestran los hallazgos de material lítico y óseo hallado en las Cuevas de los Majuelos, dos cuevas naturales situadas al Norte de la población, junto a la carretera local que comunica los pueblos de Mancha de Real y Pegalajar a unos 500 metros de este último. La primera de ellas, conocida desde siempre y de gran extensión, forma una amplia sala cubierta por una gran cúpula de piedra natural, que hoy constituye un salón de actos múltiples y restaurante. La segunda fue descubierta a mediados de la década de 1970, tenía una pequeña y dificultosa entrada tapada por piedra y consta de varios recintos pequeños y comunicados entre si. Se adaptó para ver visitada y hoy recoge una de mejores muestras de formaciones kársticas de la provincia de Jaén. El mundo ibérico y romano está presente en numerosos lugares del término de Pegalajar, ubicaciones de pequeñas necrópolis y "villas", que nos indican la existencia de un hábitat disperso de población, con una economía agro-ganadera, en la que surge el olivar como uno de los cultivos de la zona, que continúa en época medieval y se manifiesta con la aparición de antiguos molinos.
La inseguridad en época medieval hace que la población se refugie en torno al castillo de Pegalajar, pero continúa con la economía agroganadera tradicional, donde el olivar sigue siendo un cultivo importante. En el período árabe surge el nombre de Pegalajar, "Peña de la Vega", lugar fortificado, que fue conquistado por Fernando III en 1244 y en cuyo arrabal ya se ubicaba a mediados del siglo XV un molino aceitero, en el que se molía la aceituna del olivar pegalajeño, que en esta época se ubicaba en el paraje la Huerta, donde aún se pueden observar ejemplares de olivos centenarios.
Tras el fin de la época de frontera, con la conquista del reino musulmán de Granada, Pegalajar creció en población y le fue reconocía por Felipe II la exención de Jaén y el título de villa, con fecha 3 de junio de 1559, a cambio de un servicio a la Corona fijado en 2.550.000 maravedís. El olivar pegalajeño empezó a crecer lentamente con la roturación de nuevas tierras, especialmente la Dehesa de Bercho, antiguo cazadero de osos que los vecinos compraron a la Corona en el siglo XVII.
En el siglo XVIII la mayor parte de las plantaciones de olivar ocupaban las tierras más fértiles del término, las de "huerta y río", que compartía con tierras de siembra, viñas y frutales, siendo el aceite una de las principales producciones del término. A partir de mediados del siglo XIX el olivar inicia un crecimiento paulatino que continúa en el siglo XX, sustituye a las tierras de siembra y escala las sierras de Bercho favorecido por la excelencia de su aceite y consiguiente comercialización.
